Una de las excursiones obligadas para hacer en Salta es el reconocido Tren a las Nubes, un tren famoso por tener uno de los recorridos más bellos del mundo pero también famoso por estar lleno de incertidumbres. Cada tanto deja de funcionar o si uno tiene la suerte de verlo en marcha, puede que te deje a pie en medio del camino.
Su recorrido va desde el Valle de Lerma en Salta, ascendiendo por la increíble Quebrada del Toro, las Ruinas de Tastil, pasando por San Antonio de los Cobres y finalizando en el impresionante Viaducto en el cañón de La Polvorilla a 4200 msnm. Aunque el tren se detiene en este punto, en realidad las vías continúan hasta el paso de Socompa, en Chile, a 570 km de Salta.
Si uno no puede afrontar el elevado precio del viaje o no tiene la suerte de encontrar al tren en funcionamiento, la única posibilidad de realizar el paseo es contratando una 4x4 que te lleva por una ruta que va paralela casi en su totalidad a las vías del tren. La mayoría del tramo se transita por la asfaltada Ruta 51 que va desde Salta hasta el paso de Sico en Chile. Pero 20 km antes de llegar a San Antonio de los Cobres, el asfalto se acaba y uno tiene que hacer 36 km más hasta llegar a La Polvorilla pero por un camino de ripio en bastante mal estado. Y acá es donde empieza la pesadilla de aquel que osó no pagar los $180 que te piden por la excursión en 4x4 e intentar hacer el recorrido en un vehículo estándar como es nuestro Renault Clio.
Pasando San Antonio de los Cobres aún quedaban unos largos 16 km hasta La Polvorilla. Como es de esperarse en este país los carteles brillan por su ausencia, y una ascensión al medio de la nada sin duda nos dejaría faltos de información en el medio del camino, pero eso no nos amedrentaba. Una vez en San Antonio nos dimos cuenta de que ningún cartel mencionaba ni La Polvorilla ni la continuación de la misma ruta por la que veníamos así que vagamos unas cuadras en medio de un pueblo casi desierto hasta que encontramos una persona que nos señaló vagamente hacia dónde debíamos continuar. Seguimos sus indicaciones al pie de la letra y salimos de la ciudad por un camino que suponíamos era el que nos conducía a nuestro destino.
El GPS estaba tan desorientado como nosotros. En el mapa que cargamos de la zona tampoco figuraba La Polvorilla, por ende, estábamos bastante perdidos. Después de un rato de rebotar en el auto gracias a un camino en estado lamentable, un tímido cartel que rezaba “Viaducto” apareció al costado de la ruta. Hacia allí nos dirigimos pero a los pocos metros el andar se volvió muy difícil en un suelo repleto de piedras puntiagudas que amenazaban con dejarnos varados en el medio de la nada. Mire el GPS para ver si nos salvaba del desconcierto y en ese instante me di cuenta de que habíamos tomado la ruta 40 que se dirigía al Norte, hacia Abra Pampa.
Decirle ruta a ese camino es como llamarle vino al líquido que viene en paquete tetra brick. En teoría es vino, pero en la práctica es jugo de uva con alcohol. De la misma forma la ruta 40 en ese lugar cumple la función básica de unir dos puntos de un mapa, pero en peor estado que los caminos rurales de la pampa. Dimos media vuelta, y a la temible velocidad de 20 km/h volvimos sobre nuestros pasos para reencontrarnos con el camino principal. A esta altura ya no sabíamos si ese era el único camino que nos llevaba a La Polvorilla, pero la constante insistencia de Bartu por encontrar el viaducto logró que continuáramos camino con la esperanza de encontrar otro cartel más adelante.
Efectivamente, otro cartel con el nombre de “Viaducto” apareció más adelante. Nuevamente Charles pegó el volantazo para seguirlo. Estábamos, según el mapa y el GPS, sobre la desastrosa ruta provincial 74 que, con suerte, nos conduciría a La Polvorilla. Pocos minutos después, Charles detiene el auto. Frente a nosotros, el camino se dividía en tres partes. Derecha, izquierda y centro. Igual que en las películas. Continuamos por el que parecía mas importante, el que seguía hacia adelante. Pocos metros después nos detuvimos nuevamente ante una pendiente hacia arriba tremendamente pronunciada que hizo que levantáramos la cabeza para ver hasta dónde llegaba. En esta instancia Charles puso en palabras lo que venía pensando desde hacia un rato y me dijo... “Por acá no podemos pasar...”. Nuestra esperanza de llegar hasta el viaducto se desvanecía irremediablemente.
Nos bajamos del auto, admiramos la pendiente y decidimos subirla a pie para comprobar que el pobre Clio no pasaba. Apenas si pudimos llegar hasta la cima 200 metros más adelante, jadeando, faltos de aire, como si no supiéramos respirar. La realidad es que a 4200 metros realmente no sabíamos respirar. Bajamos resignados y, casi sin esperanzas ya, enfilamos hacia el camino de la izquierda, quizás encontraríamos todavía otro cartel que nos indicara dónde se encontraba el bendito viaducto.
La realidad era tan cruel que yo me negaba a volver sin tener las fotos del viaducto. El camino de la izquierda tampoco era el que buscábamos. Charles sólo tuvo que mirarme de reojo para decirme las únicas palabras que yo no quería escuchar “Este no es el camino. Nos volvemos”, a lo que yo le respondí con cara de Bambi desamparado, “Y si probamos por el camino de la derecha?. No puede ser que sea tan difícil llegar a un lugar tan conocido!”. A esta altura y ya con cara de pocos amigos y somnolencia por efecto de la altura, Charles tomó el camino de la derecha sólo para darme el gusto. Las esperanzas volvían a renacer cuando a pocos minutos de andar volvimos a ver otro cartel que decía “Viaducto”. Estábamos otra vez en marcha, sólo teníamos que hacer fuerza para que el Clio resistiera los obstáculos que le esperaban por delante.
Con las esperanzas rejuvenecidas hicimos lo único que podíamos hacer cuando el camino es desconocido, no hay carteles y el GPS no logra entender por donde vamos: seguir derecho. Y eso hicimos, zurcando pequeñas grietas, el Clio cruzando con una rueda a cada lado de la grieta como si lo hiciera todos los días, hasta que finalmente después de una curva divisamos el tan ansiado tesoro, La Polvorilla. No era un espejismo, un cartel nos informaba que estábamos llegando al famoso viaducto, a lo que nos bajamos y le sacamos fotos para agradecerle tamaña ayuda.
No voy a describirles lo que vimos porque las fotos son bastante elocuentes. Un viaducto de 64 mt de alto y 224 mt de largo se presentaba ante nuestros ojos. Era realmente impresionante. Estacionamos el Clio, nos bajamos mirando sólo la tremenda estructura de hierro, sacamos fotos, subimos el camino en zigzag hacia las vías, seguimos sacando más fotos y en un instante me detuve, allá arriba y mire hacia abajo. Ahí estaba, 64 mt más abajo, el Clio. Se veía diminuto. Nosotros estábamos en el preciso lugar en donde finaliza el recorrido del Tren a las Nubes, a 4200 metros de altura. Pero no habíamos llegado con el tren. Abajo estaba el auto. El auto que nos había llevado hasta ahí. El auto que con un guiño de farol me dijo, “Para que necesitas un tren a las nubes?”.
Bárbara y Leandro.
p.d: les comentamos que este post es un experimento: escribimos un párrafo cada uno. Cualquier comentario es bienvenido! Seguimos haciéndolo, o es patético?
