Nos miramos con Charles mientras recorríamos la ruta de la costanera que recordábamos desierta en nuestra época de estudiantes egresados de la secundaria. Apenas pudimos encontrar los boliches a los que íbamos, Cerebro, Rocket y Grisu que hoy en día se encuentran perdidos entre tanta edificación.
Por suerte veníamos de hacer un pequeño trekking a la base del volcán Lanin en el Parque Nacional en Junin de los Andes y nos habíamos quedado con una sensación tan grata que estábamos dispuestos a ir por más. Así caímos por primera vez en un Club Andino, el de Bariloche, y descubrimos que esta ciudad llena de sombrillas y gente en ojotas también tiene su costado trekkinero más que interesante.
Por supuesto que en el club Andino nos miraron como si tuviéramos mucha cara de giles y como si lo único que pudiéramos hacer fuera caminar hasta la esquina de casa en Buenos Aires para comprar facturas. Pero en fin, uno es humilde y a veces medio tímido y casi casi que le tuvimos que sacar la información de a puchos.
Así fue como nos enteramos de que el Parque Nacional Nahuel Huapi ofrece varias caminatas de distinta dificultad para todos los gustos. Para aquellos que quieren ir y venir en el día pero también muchas opciones para los que quieran pasar la noche en la montaña. Nombres como el Cerro Otto, el Campanario y el Tronador son los que uno recuerda de chico. El Otto porque tiene una confitería giratoria en la cima, el Campanario porque tiene una espectacular vista panorámica de la ciudad y del lago y por ultimo el Tronador.
El Tronador no es un cerro más. Es el más alto del parque y lleva ese nombre por el ruido que hace. En la cima quedan aún los últimos glaciares del parque y cada tanto, durante el día, se pueden escuchar los desprendimientos del hielo a varios kilómetros de distancia. Créanme que es realmente intimidante escucharlo y verlo de tan cerca cuando uno sabe que está a punto de subirlo.
El gran dilema era si estábamos en condiciones de pasar la noche en la montaña y de cargar las mochilas de 8 kilos cada una. Nunca lo habíamos hecho antes. No sabíamos si podíamos soportar el frío, puesto que casi no trajimos ropa de abrigo, si la carpa resistiría un fuerte viento allá arriba o si podríamos caminar tantos kilómetros con tanto peso en la espalda.
Como la única forma de saber si algo te gusta es probando, así lo hicimos. Preparamos el equipo, cargamos las mochilas y salimos rumbo al refugio. No voy a negarles que el hecho de haber cargado 8 kilos en la espalda durante 6 horas en un camino con una pendiente muy generosa en algunos trechos, fue una tarea fácil. No señor. Charles parecía sentir el peso también pero la disimulaba bastante mejor que yo.
Es muy impresionante comenzar una caminata en el bosque y ver como a medida que uno va ganando en altura la vegetación va cambiando hasta que finalmente se acaba y comienza la piedra. Ahí la historia es otra. Uno ya supera la linea media de caminatas y entra en una zona en donde el pisar se vuelve más complejo pera a la vez el paisaje que te acompaña es realmente increíble.
A esta altura, cuando ya faltaban unos tortuosos 4 km por la piedra hasta el refugio, podíamos ver el glaciar Castaño Overa, uno de los tantos que quedan en el Tronador, lucirse bajo el sol de un día simplemente perfecto. Ya faltaba poco. La espalda quemaba y las ganas de llegar se hacían notar. Un cartel en una piedra marcaba el final del camino. El Refugio Otto Meiling estaba a la vista. El Glaciar Los Alerces nos daba la bienvenida desde la otra cara del cerro. Era perfecto. Un refugio rodeado de glaciares. No podíamos pedir más. Sólo faltaba armar la carpa y cerrar la noche con una cervecita ahí, bajo las estrellas.
No sólo armamos la carpa en una pirca, sino que también nos tomamos la cerveza y disfrutamos de la mejor noche de la que tengamos memoria. Estábamos en la carpa que habíamos cargado y armado. Felices, bajo el mejor cielo estrellado que hayamos visto alguna vez.
A todos los que puedan y gusten de hacer este tipo de cosas sólo les puedo decir una cosa: no se lo pierdan.
Besos,
Bar.
